El Castillo

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Por lo demás, K sólo tuvo para el ayudante un gesto amenazador con el puño que excluyó cualquier acercamiento, sí, incluso el ayudante retrocedió asustado un buen trecho. En ese momento abrió Frieda la ventana, para, como había convenido con K, airear antes de encender la calefacción. El ayudante dejó inmediatamente de mirar a K y se deslizó, atraído irresistiblemente, hasta la ventana. Con el rostro desfigurado por la amabilidad frente al ayudante y de impotencia frente a K, ella agitó un poco la mano por la parte de arriba de la ventana, ni siquiera era claro si se trataba de un gesto de defensa o de un saludo. El ayudante, al acercarse, tampoco se dejó desconcertar. Entonces Frieda cerró deprisa la ventana exterior y permaneció detrás con la mano en el picaporte, con la cabeza inclinada hacia un lado, grandes ojos y una sonrisa rígida. ¿Sabía que así atraía al ayudante más que lo espantaba? Pero K ya no miró hacia atrás, prefería darse prisa y regresar pronto.







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