El Castillo
El Castillo —Claro que no —dijo Olga—, y no bromeo, expreso mis preocupaciones más serias. Pero tampoco te las cuento para aligerar mi corazón y para cargar el tuyo con ellas, sino porque preguntaste por Barnabás, porque Amalia me encargó que te las contara y porque creo que te puede ser útil conocer las cosas con más exactitud. También lo hago por Barnabás, para que no pongas tantas esperanzas en él, no te decepcione y luego tenga que sufrir por tu decepción. Es muy sensible; por ejemplo, esta noche no ha dormido porque ayer te mostraste insatisfecho con él, al parecer dijiste que era malo para ti tener sólo un mensajero como Barnabás. Esas palabras le han quitado el sueño, tú mismo no habrás notado mucho de su excitación, los mensajeros del castillo tienen que saber dominarse. Pero él no lo tiene fácil, ni siquiera contigo. Según tu opinión, no le exiges mucho, pero te has traÃdo contigo ciertas ideas propias de lo que es el servicio de un mensajero y te guÃas en la valoración de sus servicios por esas exigencias. Pero en el castillo tienen otras ideas de ese servicio y no coinciden con las tuyas, aun cuando Barnabás se sacrificara del todo por el servicio, a lo que a veces, por desgracia, parece dispuesto. HabrÃa que someterse, no se podrÃa decir nada, si la cuestión sólo fuese si es realmente el servicio de un mensajero lo que él hace. Frente a ti, naturalmente, no puede dejar traslucir ninguna duda, para él hacer eso supondrÃa enterrar su propia existencia, infringir groseramente las leyes a las que él cree estar sometido, e incluso conmigo tampoco habla libremente, le tengo que arrancar sus dudas con besos y caricias e incluso en ese caso se resiste a reconocer que las dudas son dudas. Tiene algo de Amalia en la sangre. Y es seguro que no me dice todo, a pesar de que soy su única persona de confianza. Pero a veces hablamos sobre Klamm, yo aún no he visto a Klamm, ya sabes, Frieda no me aprecia y no me habrÃa permitido que le mirase, no obstante su aspecto es bien conocido en el pueblo, algunos le han visto, todos han oÃdo de él y de esos testimonios visuales, de rumores y de algunas opiniones falsas se ha formado una imagen de Klamm que coincide en los rasgos básicos. Pero sólo en los rasgos básicos. En lo demás es mudable y quizá ni siquiera tan mudable como el aspecto real de Klamm. Su aspecto es distinto cuando viene al pueblo y cuando lo abandona; diferente antes de beber una cerveza y diferente después; diferente despierto, diferente dormido, diferente solo, diferente en conversación y, lo que resulta comprensible tras todo esto, casi completamente diferente en el castillo. Y se han constatado varias diferencias en el mismo pueblo, diferencias en la altura, la actitud, la corpulencia, el bigote, sólo respecto a los trajes coinciden los informes, siempre lleva el mismo traje, un traje negro con largos faldones. Ahora bien, todas esas diferencias no obedecen a ningún juego de magia, sino que son muy comprensibles, surgen del estado de ánimo en ese instante, del grado de excitación, de las innumerables estratificaciones de la esperanza o de la desesperación, en las que se encuentra el espectador, quien, por lo demás, la mayorÃa de las veces sólo puede verle fugazmente. Te cuento todo esto como con frecuencia me lo ha contado Barnabás y, en general, uno puede tranquilizarse al oÃrlo cuando no se está interesado personalmente en el asunto. Nosotros no podemos tranquilizarnos, para Barnabás es una cuestión vital si habla con Klamm o no.