El Castillo
El Castillo —Barnabás conoce muy bien los informes sobre el aspecto de Klamm —siguió Olga—, ha reunido muchos y los ha comparado, quizá demasiados. Una vez vio o creyó ver a Klamm en el pueblo por la ventanilla de un coche, asà que se consideró capacitado para reconocerle y, sin embargo —¿cómo puedo aclararlo?—, cuando fue a una de las oficinas del castillo y entre varios funcionarios le señalaron a uno diciendo que ése era Klamm, no le reconoció y aún después tuvo que acostumbrarse a que debÃa de ser Klamm. Pero si le preguntas a Barnabás en qué se diferenciaba ese hombre de las nociones usuales que circulan de Klamm, no puede responder, aún más, responde y describe al funcionario en el castillo, pero esa descripción coincide exactamente con la descripción de Klamm que nosotros conocemos. «Entonces, Barnabás», le digo, «¿por qué dudas?, ¿por qué te atormentas de esa manera? A lo que él contesta, en un visible apuro, enumerando las particularidades del funcionario en el castillo, las cuales parecen más fruto de la invención que de la observación, y que, además, son tan minúsculas —afectan, por ejemplo, a una determinada forma de asentir con la cabeza o de abotonarse el chaleco— que es imposible tomarlas en serio. TodavÃa más importante me parece la manera en que Klamm trata con Barnabás. Mi hermano me lo ha descrito con frecuencia, incluso me lo ha dibujado. Normalmente, Barnabás es conducido a un gran despacho de las oficinas, pero no es el despacho de Klamm, ni siquiera pertenece a una sola persona. Esa habitación está dividida en toda su longitud por un pupitre para escribir de pie, que se prolonga de un extremo al otro; el espacio estrecho, por donde apenas pueden pasar dos personas al mismo tiempo, es el de los funcionarios, y luego hay uno amplio para los interesados, los espectadores, los criados y los mensajeros. Sobre el pupitre hay grandes libros abiertos, uno junto al otro, y ante la mayorÃa de ellos hay funcionarios leyendo. Pero no permanecen siempre ante el mismo libro; aunque no los intercambian, cambian de puesto, lo que más sorprende a Barnabás es cómo en esos cambios de puesto tienen que apretarse para pasar a causa de la estrechez del espacio. En la parte delantera, junto al pupitre, hay mesas muy bajas a las que se sientan los escribientes, quienes, cuando lo desean los funcionarios, escriben según el dictado de estos últimos. Una y otra vez se asombra Barnabás de cómo ocurre. No obedece a una orden expresa del funcionario, tampoco se dicta en voz alta, apenas se nota que se está dictando, más bien parece como si el funcionario siguiese leyendo como antes, sólo que al mismo tiempo murmura y el escribiente lo escucha. Con frecuencia dicta el funcionario en voz tan baja, que el escribiente, sentado, no puede oÃr nada, entonces tiene que levantarse, captar lo dictado, y volverse a sentar rápidamente para escribirlo, volverse a levantar, etc. ¡Qué extraño es todo eso! Casi incomprensible. Barnabás tiene tiempo suficiente para observarlo todo, pues tiene que esperar en el espacio para los espectadores horas y, a veces, durante todo el dÃa, hasta que la mirada de Klamm recae en él. Y aun cuando Klamm le ha visto y Barnabás ha adoptado la posición de atención, no se ha decidido nada, pues Klamm puede volver a dirigir su mirada al libro y olvidarle, asà ocurre frecuentemente. ¿Qué tipo de servicio de mensajero es ése tan carente de importancia? Me pongo triste cada vez que Barnabás dice por la mañana temprano que se va al castillo. Ese camino, probablemente inútil, ese dÃa, probablemente perdido, esa esperanza, probablemente vana. ¿Para qué todo eso? Y aquà se acumula el trabajo de zapatero que nadie hace y que Brunswick urge que se haga.