El Castillo
El Castillo —No —dijo Olga—, te dejas engañar, quizá también le engañe asà a él. ¿Qué ha logrado? Puede entrar en una oficina, pero ni siquiera parece una oficina, más bien una antesala de las oficinas, quizá ni siquiera eso, quizá se trate de una habitación donde se tiene que mantener a todos aquellos que no pueden entrar en las oficinas. Habla con Klamm, pero ¿se trata realmente de Klamm? ¿No será acaso alguien que se parece a Klamm, tal vez un secretario que presenta alguna similitud con Klamm y que se esfuerza por parecérsele más y que se hace el importante imitando la actitud soñadora de Klamm? Esa parte de su carácter es la más fácil de imitar, algunos intentan imitarla, pero con el resto no se atreven. Y un hombre tan anhelado y tan difÃcilmente accesible como lo es Klamm, adopta en la fantasÃa de la gente numerosas figuras. Klamm, por ejemplo, tiene aquà un secretario municipal llamado Momus. Ah, ¿lo conoces? También él se mantiene reservado, pero le he visto varias veces. Un joven fuerte, ¿verdad? Y es probable que no se parezca en nada a Klamm. Y, sin embargo, podrás encontrar a gente en el pueblo que jurarÃa que Momus es Klamm y ningún otro. Asà trabaja la gente en su propia confusión. Y ¿tiene que ser diferente en el castillo? Alguien ha dicho a Barnabás que aquel funcionario era Klamm y, ciertamente, hay una similitud entre los dos, pero una similitud puesta en duda una y otra vez por Barnabás. Y todo habla en favor de sus dudas. ¿Acaso Klamm tendrÃa que apretarse en una estancia pública con otros funcionarios con el lápiz detrás de la oreja? Eso resulta muy improbable. Barnabás, con algo de ingenuidad —eso es un rasgo que crea confianza—, suele decir: «El funcionario se parece mucho a Klamm; si se sentara en su propio despacho, ante su propia mesa y si en la puerta estuviera su nombre, ya no tendrÃa ninguna duda». Eso es infantil y, sin embargo, sensato. Aún más sensato serÃa, sin embargo, que Barnabás, cuando se encuentre arriba, se informe por distintas personas de cómo funcionan allà las cosas, a fin de cuentas a su alrededor hay suficientes personas. Y si sus datos no fuesen más fiables que los de aquel, que, sin ser preguntado, le señaló a Klamm, de su diversidad podrÃa deducir algunos puntos de apoyo o comparativos. Esto no se me ha ocurrido a mÃ, sino a Barnabás, pero no se atreve a llevarlo a la práctica; por miedo a perder su puesto al infringir involuntariamente algún reglamento desconocido, no se atreve a hablar con nadie; asà de inseguro se siente; esa desgraciada inseguridad me aclara su posición con más eficacia que todas las descripciones. Qué incierto y amenazador le tiene que parecer todo, cuando ni siquiera osa abrir la boca para formular una pregunta inocente. Cuando pienso en ello, me acuso de dejarle solo en esas estancias desconocidas, donde reina una atmósfera en la que incluso él, que antes de pecar de cobarde lo harÃa de temerario, tiembla de miedo.