El Castillo
El Castillo —¿Mi padre? —preguntó Olga como si no comprendiese del todo—, hace tres años era en cierto modo un hombre joven, en un incendio en la posada de los señores, por ejemplo, corrió con un funcionario a cuestas, con el pesado Galater. Yo misma estuve allÃ, en realidad no habÃa peligro de incendio, sólo un poco de leña seca junto a una chimenea comenzó a humear, pero Galater tuvo miedo, gritó auxilio por la ventana, vinieron los bomberos y mi padre tuvo que cargarlo aunque el fuego ya estaba extinguido. Bueno, Galater es un hombre difÃcil de mover y en esos casos hay que tener precaución. Lo cuento sólo por mi padre, no han pasado ni tres años desde entonces y mira ahora cómo está ahà sentado.
K se dio cuenta ahora de que Amalia estaba de nuevo en la habitación, pero se encontraba alejada, en la mesa de los padres, allà alimentaba a la madre, que no podÃa mover sus brazos reumáticos y al mismo tiempo dirigÃa la palabra al padre para que tuviese un poco de paciencia con la comida, que irÃa con él en seguida para darle de comer. Pero no tuvo éxito con su advertencia, pues el padre, ansioso por tomarse la sopa, superó su debilidad fÃsica e intentó ya sorberla de la cuchara, ya beberla del plato, y gruñÃa enojado al no conseguir ni lo uno ni lo otro, la cuchara quedaba vacÃa mucho antes de llegar a la boca, mientras que la barba colgante se sumergÃa en la sopa, goteando y salpicando hacia todas partes menos hacia la dirección adecuada.