El Castillo
El Castillo —¿La posadera de la posada del puente? —preguntó K.
—Sà —dijo Olga—, era muy amiga nuestra, asà que llegó, tuvo que reconocer que Amalia estaba en ventaja y me prestó, para calmarme, su propio collar de granates de Bohemia. Pero cuando ya estábamos listas, Amalia delante de mÃ, y nuestro padre dijo: «Hoy, recordad lo que os digo, Amalia encuentra novio», entonces, no sé por qué, me quité el collar, que era todo mi orgullo, y se lo puse a Amalia, sin sentir ya nada de envidia. Me incliné ante su victoria y creà que todos tendrÃan que inclinarse ante ella; quizá nos sorprendió entonces que su aspecto fuese diferente al usual, pues en realidad no era hermosa, pero su mirada sombrÃa, que ha mantenido desde aquella vez, se elevaba por encima de nosotros y nos sentÃamos inclinados literal e involuntariamente ante ella. Todos lo notaron, también Lasemann y su esposa cuando vinieron a recogernos.
—¿Lasemann? —preguntó K.
—SÃ, Lasemann —dijo Olga—, éramos una familia muy apreciada y la fiesta, por ejemplo, no habrÃa empezado de verdad hasta que no hubiésemos llegado nosotros, pues mi padre era el tercer director de ejercicios de la compañÃa de bomberos.
—¿Tan robusto era aún tu padre? —preguntó K.