El Castillo
El Castillo —Tres años —dijo lentamente Olga—, o, con más exactitud, unas horas en una fiesta. La fiesta se celebró en una pradera ante el pueblo, al lado del arroyo, ya habÃa una gran aglomeración de personas cuando llegamos, también habÃan venido de los pueblos vecinos, el ruido causaba una gran confusión. Primero nuestro padre nos condujo, naturalmente, a la bomba de incendios, rió de alegrÃa al verla, una nueva bomba le hacÃa feliz; comenzó a tocarla y a explicarnos cómo funcionaba, no toleraba ninguna contradicción ni tampoco ninguna reserva, si habÃa algo que ver debajo de la bomba, todos nos tenÃamos que agachar y casi arrastrarnos por debajo de ella; Barnabás, que intentó resistirse, recibió un pescozón. Sólo a Amalia no le importaba la bomba, permanecÃa muy recta delante de ella con su bonito vestido y nadie osaba decirle nada, yo fui hacia ella alguna vez y la tomé del brazo, pero ella callaba. Aún hoy no puedo aclararme cómo ocurrió que, mientras estábamos en la bomba de incendios, cuando nuestro padre se apartó de ella, nos dimos cuenta de que allà permanecÃa Sortini, quien parecÃa haber estado todo el tiempo detrás de la bomba, apoyado en una palanca. HabÃa un ruido terrible, no usual en todas las fiestas; el castillo habÃa regalado a los bomberos unas trompetas, unos instrumentos especiales de los que con un mÃnimo esfuerzo, del que hasta un niño podrÃa ser capaz, se emitÃan los más estruendosos sonidos; al oÃrlo se podÃa creer que los turcos ya habÃan llegado y era imposible acostumbrarse, a cada nuevo soplido seguÃa un estremecimiento. Y como eran trompetas nuevas, todos querÃan tocarlas, y como era una fiesta popular, se consentÃa. Precisamente a nuestro alrededor, tal vez los habÃa atraÃdo Amalia, habÃa algunos trompetistas, era difÃcil mantener los sentidos en esas circunstancias y si además, según las órdenes de nuestro padre, habÃa que prestar atención a la bomba de incendios, eso era lo máximo que se podÃa rendir, asà que no nos dimos cuenta durante mucho tiempo de la presencia de Sortini, a quien tampoco conocÃamos de antes.