El Castillo
El Castillo —Ahà está Sortini —murmuró Lasemann a mi padre, yo estaba a su lado. Mi padre inclinó la cabeza y nos hizo un gesto excitado para que nosotros también nos inclinásemos ante él. Sin conocerle personal mente, nuestro padre siempre habÃa venerado a Sortini como un especialista en servicios contra incendios, y habÃa hablado con frecuencia de él en casa, asà que para nosotros fue sorprendente y un acontecimiento muy importante verle en la realidad. Pero Sortini no se interesaba por nosotros, eso no era ninguna peculiaridad de Sortini, la mayorÃa de los funcionarios aparecen públicamente con actitud de indiferencia, también estaba cansado, sólo su deber le mantenÃa allà abajo; no son los peores funcionarios los que encuentran especialmente pesados esos deberes representativos; otros funcionarios y sirvientes, ya que estaban allÃ, se mezclaron con el pueblo, pero él permaneció al lado de la bomba de incendios y a todo el que se intentaba aproximar con cualquier solicitud o lisonja lo rechazaba con su silencio. Asà ocurrió que él se percató más tarde de nosotros que nosotros de él. Sólo cuando nos inclinamos llenos de respeto y nuestro padre nos intentó disculpar miró hacia nosotros y nos contempló a uno detrás del otro con mirada cansada: era como si suspirase porque al lado de uno apareciese otro, hasta que se detuvo en Amalia, a la que tuvo que mirar hacia arriba, pues era mucho más alta que él. Entonces se desconcertó, saltó sobre el pértigo para estar más cerca de ella, nosotros lo interpretamos mal al principio y quisimos acercarnos todos a él encabezados por mi padre, pero él nos detuvo y nos hizo una señal para que nos fuéramos. Eso fue todo. Bromeamos mucho con Amalia diciéndole que realmente ya habÃa encontrado un novio, en nuestra inconsciencia estuvimos alegres toda la tarde, pero Amalia estaba más silenciosa que de costumbre. «Se ha enamorado locamente de Sortini», dijo Brunswick, que siempre es algo grosero y no tiene comprensión para naturalezas como la de Amalia, pero esa vez su comentario nos pareció cierto, ese dÃa nos divertimos mucho y cuando llegamos a casa a medianoche estábamos embriagados, incluso Amalia lo estaba, con el dulce vino del castillo.