El Castillo

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—No —dijo Olga—, Dios me libre de esa sospecha, ¿cómo puedes creer eso? No conozco a nadie que obrase con tanta justicia como Amalia. Si bien es cierto que, en el caso de que hubiese ido a la posa da, también le hubiese dado la razón; pero, que no fuese, fue un acto heroico. En lo que a mí respecta, reconozco sinceramente que si hubiese recibido una carta como ésa habría ido. No habría podido soportar el miedo ante las consecuencias, sólo Amalia podía soportarlo. También había algunas salidas, otra, por ejemplo, se habría maquillado y habría dejado pasar un buen rato, luego habría llegado a la posada de los señores y se habría enterado de que Sortini había partido, quizá que había salido inmediatamente después de enviar al mensajero, algo que incluso habría sido muy probable, pues los caprichos de los señores son fugaces. Pero a Amalia no se le ocurrió hacer eso ni nada parecido, se sintió demasiado ofendida y respondió sin reservas. Si sólo hubiese obedecido en apariencia, si sólo hubiese traspasado el umbral de la posada a tiempo, se habría podido evitar la fatalidad, aquí tenemos abogados muy listos que saben hacer todo lo que uno quiere de nada, pero en este caso ni siquiera había la necesaria nada, todo lo contrario, sólo había la humillación de la carta de Sortini y la ofensa al mensajero.



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