El Castillo
El Castillo Amalia había terminado de dar de comer a sus padres y ahora desvestía a la madre, acababa de soltarle la falda, puso los brazos de la madre alrededor de su cuello, la levantó un poco y le quitó la falda volviendo a sentarla con cuidado. El padre, siempre insatisfecho con que la madre fuese atendida en primer lugar, lo que sólo ocurría porque ella estaba más desvalida que él, intentaba desvestirse él mismo, tal vez para castigar a la hija por su supuesta lentitud, pero a pesar de que comenzó con lo más accesorio y ligero, las desproporcionadas zapatillas para sus pies, no lo conseguía de ningún modo y entre fuertes resoplidos tuvo que renunciar y recostarse otra vez con rigidez en la silla.
—No te das cuenta de lo esencial —dijo Olga—, puedes tener razón en todo, pero lo esencial fue que Amalia no se dirigió a la posada de los señores; la manera en que trató al mensajero, eso podía pasarse por alto, ya se encubriría de alguna manera, pero que no fuese significó que sobre la familia cayese una maldición y entonces el tratamiento del mensajero también fue imperdonable, sí, incluso para la opinión pública ocupó el primer plano.
—¡Cómo! —exclamó K, y bajó en seguida la voz, ya que Olga levantó la mano suplicante—. ¿No dirás tú, su hermana, que Amalia tuvo que obedecer a Sortini e ir a la posada?