El Castillo

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—Eh, tú —exclamó repentinamente K (ya se hallaban cerca de la iglesia, el camino hacia la posada no estaba lejos, así que K podía osar algo)—, me sorprende mucho que te atrevas a llevarme por los alrededores por tu propia cuenta. ¿Puedes hacerlo?

Gerstäcker no le prestó atención y continuó la marcha junto a su caballito.

—¡Eh! —exclamó K, cogió algo de nieve del trineo, hizo una bola, la lanzó y acertó en la oreja de Gerstäcker. Éste se detuvo y se volvió. Pero cuando K le vio así tan cerca de él —esa figura encorvada y en cierto modo maltratada; el rostro colorado, delgado y cansado, con mejillas disparejas, una plana, la otra caída; la boca abierta, con actitud de sorpresa, en la que sólo se veían unos pocos dientes— tuvo que repetir con compasión lo que antes había dicho por maldad: si Gerstäcker no podía ser castigado por transportarle.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Gerstäcker sin comprender, y no esperó ninguna aclaración, llamó al caballito y reanudó el camino.



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