El Castillo
El Castillo —Siéntese —dijo, y señaló con el látigo la parte trasera del trineo.
—Me sentaré junto a usted —dijo K.
—Entonces me marcharé —dijo Gerstäcker.
—Pero ¿por qué? —preguntó K.
—Me marcharé —repitió Gerstäcker y sufrió un ataque de tos que le sacudió tanto que se vio obligado a afirmar fuertemente sus piernas en la nieve y a sujetarse con las dos manos en el borde del trineo. K no dijo nada más, se sentó en la parte trasera del trineo, la tos se fue calmando lentamente y partieron.
El castillo allá arriba, extrañamente oscuro a esa hora, y que K habÃa tenido la esperanza de alcanzar ese mismo dÃa, se alejaba una vez más. Como si le quisiera dar una despedida provisional, en el castillo se oyó el repicar de una campana con un tono alegre y alado, que al menos durante un instante hizo temblar el corazón, como si le amenazase —pues el son también era doloroso— el cumplimiento de lo que él anhelaba con inseguridad. Pero al poco tiempo esa gran campana enmudeció y fue reemplazada por una campanita débil y monótona, quizá arriba o quizá ya en el pueblo. Ese repique se adaptaba mejor al lento avance y al lastimoso pero implacable cochero.