El Castillo

El Castillo

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—Usted es el agrimensor —dijo el hombre explicándose— y pertenece al castillo. ¿Adónde quiere ir?

—Al castillo —dijo rápidamente K.

—Allí no voy —dijo el hombre en seguida.

—Pero si pertenezco al castillo —dijo K repitiendo las palabras del hombre.

—Puede ser —dijo el hombre algo reservado.

—Entonces lléveme a la posada —dijo K.

—Bien —dijo el hombre—, ahora salgo con el trineo.

La conversación no le dio la impresión de amabilidad, sino la de un empeño egoísta, temeroso y casi pedante de retirar a K de la entrada de la casa.

Se abrió la puerta del patio y por ella apareció un trineo para cargas ligeras, completamente plano y sin ningún asiento, tirado por un pequeño y débil caballo, detrás salió el hombre, no un anciano, sino un hombre débil, encorvado, cojo, con un rostro delgado, colorado y con aspecto de acatarrado, que daba la impresión de ser muy pequeño debido a la bufanda de lana que rodeaba el cuello. El hombre estaba visiblemente enfermo y sólo había salido para poder desembarazarse de K. Éste hizo una alusión al respecto, pero el hombre la rechazó con señas negativas. K sólo pudo enterarse de que era el cochero Gerstäcker y que había cogido ese trineo tan incómodo porque ya estaba preparado y sacar otro habría necesitado mucho tiempo.


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