El Castillo
El Castillo —Si quisieras hacer cambiar de opinión —dijo Olga— a todos los que nos desprecian, sería un trabajo muy duro, pues todo parte del castillo. Recuerdo muy bien las horas que siguieron a aquella mañana. Brunswick, que en aquella época era nuestro ayudante, había venido como todos los días, mi padre le había dado trabajo y le había enviado a casa, nosotros estábamos sentados desayunando, todos menos Amalia y yo estaban muy animados, nuestro padre seguía hablando de la fiesta, tenía varios planes respecto al cuerpo de bomberos; en el castillo tienen un servicio de incendios propio, que envió una delegación a la fiesta y con cuyos miembros se habló de varios aspectos; los señores del castillo habían visto el rendimiento de nuestro cuerpo de bomberos y habían hablado muy favorablemente de él, lo habían comparado con el del castillo y el resultado nos beneficiaba, se había hablado de la necesidad de una reorganización del servicio de incendios y para ello eran necesarios instructores del pueblo, se hablaba ya de algunos de ellos pero mi padre tenía la esperanza de que le eligieran a él. De todo eso hablaba y, como era su costumbre, abrazaba casi literalmente la mesa y cómo miraba por la ventana hacia el cielo, su rostro era tan joven y esperanzado, nunca después volví a verle así. Entonces, Amalia, con una superioridad que no conocíamos en ella, dijo que no había que confiar en esos discursos de los señores, ellos, con motivo de esos acontecimientos, solían decir algo amable, pero con poco o ningún significado, una vez dicho ya estaba olvidado para siempre, aunque, si bien es cierto, en la próxima oportunidad se volvía a caer en la trampa. Nuestra madre le reprendió esas palabras, nuestro padre se rió de sus ínfulas de experiencia, luego, sin embargo, se agachó, pareció buscar algo de cuya falta pareció percatarse en ese momento, pero no faltaba nada y dijo que Brunswick le había contado algo de un mensajero y de una carta rota y preguntó si sabíamos algo de ello, a quién le afectaba y qué había ocurrido. Nosotras nos mantuvimos en silencio, Barnabás, entonces joven como un corderillo, dijo algo tonto o impertinente, se habló de otra cosa y se olvidó el asunto.