El Castillo
El Castillo ¿Y qué hicimos nosotros mientras tanto? Lo peor que podÃamos hacer, algo por lo que podrÃamos haber sido despreciados con más razón de lo que fuimos: traicionamos a Amalia, desobedecimos su orden silenciosa; no podÃamos seguir viviendo asÃ, sin ninguna esperanza, por lo que comenzamos a suplicar y a asediar el castillo, cada uno a su manera, ojalá pueda perdonarnos. No obstante, sabÃamos que no estábamos en disposición de subsanar nada, también sabÃamos que la única conexión esperanzada que tenÃamos con el castillo, la de Sortini, la del funcionario que sentÃa inclinación por nuestro padre, se habÃa vuelto inaccesible debido a los acontecimientos; sin embargo, nos pusimos manos a la obra. Nuestro padre fue quien comenzó, comenzaron los absurdos peregrinajes hacia el director, los secretarios, los abogados, los escribientes, la mayorÃa de las veces no le recibieron y cuando él, por astucia o casualidad, logró que le recibieran —cómo nos llenábamos de júbilo con esa noticia y nos frotábamos las manos— fue rechazado lo más rápidamente posible y no fue recibido otra vez. También era demasiado fácil responderle, el castillo lo tiene siempre tan fácil. ¿Qué querÃa? ¿Qué le habÃa ocurrido? ¿Para qué pedÃa una disculpa? ¿Cuándo y por quién se habÃa movido un dedo contra él en el castillo? Cierto, se habÃa empobrecido, habÃa perdido su clientela, etc., pero ésos eran sucesos de la vida cotidiana, asuntos profesionales y de mercado, ¿tenÃa que ocuparse el castillo de todo? En realidad ya se ocupaba de todo, pero no podÃa intervenir groseramente en el desarrollo de los acontecimientos, simple y llanamente para servir los intereses de un particular. ¿DebÃa enviar a sus funcionarios para que corriesen detrás de los clientes e intentar traerlos por la fuerza? Pero, objetaba entonces nuestro padre —nosotros tratábamos estas cosas con toda exactitud en casa, tanto antes como después, en un rincón, como ocultándonos de Amalia, que si bien se daba cuenta de todo, no intervenÃa—, pero, como decÃa, entonces objetaba nuestro padre que él no se quejaba de su empobrecimiento, todo lo que habÃa perdido lo recuperarÃa con facilidad, todo eso era accesorio si se le perdonaba. Pero ¿qué se le tenÃa que perdonar? Se le respondÃa, a ellos no les habÃa llegado ninguna demanda, al menos aún no constaba en las actas, cuando menos no en las actas accesibles a los abogados, en consecuencia, en lo que podÃa confirmarse, ni se habÃa emprendido algo contra él, ni habÃa nada en curso. ¿PodÃa mencionar alguna disposición emitida contra él? Nuestro padre no podÃa. ¿O se habÃa producido la intervención de un órgano oficial? De eso nuestro padre no sabÃa nada. Bueno, si no sabÃa nada y si no habÃa ocurrido nada, ¿qué querÃa entonces? ¿Qué se le podÃa perdonar? Como mucho que molestara a la administración sin ningún motivo, pero precisamente eso era imperdonable. Nuestro padre no cejó, en aquel entonces aún era muy fuerte y el ocio obligado le proporcionaba todo el tiempo que querÃa. «Recobraré el honor de Amalia, no durará mucho», nos decÃa a Barnabás y a mà varias veces al dÃa, pero en voz muy baja, pues Amalia no podÃa oÃrlo; sin embargo sólo lo decÃa por Amalia, ya que en realidad no pensaba en recobrar su honor, sino sólo en el perdón. Pero antes de recibir el perdón tenÃa que establecer la culpa y ésta se la negaron una y otra vez en la administración. Se le ocurrió —y esto mostró que ya estaba perturbado mentalmente— que le ocultaban la culpa porque no pagaba lo suficiente; hasta ese momento habÃa pagado siempre las tasas establecidas que, al menos para nuestra situación, eran lo suficientemente elevadas. Pero ahora creyó que tenÃa que pagar más, lo que no era cierto, pues nuestra administración acepta sobornos, aunque sólo para simplificar las cosas y evitar conversaciones innecesarias, pero con ellos no se puede lograr nada. Como era la esperanza de mi padre, no le quisimos molestar. Vendimos lo que nos quedaba —era casi lo imprescindible— para suministrarle a nuestro padre los medios para seguir investigando y durante mucho tiempo tuvimos la satisfacción todos los dÃas de que nuestro padre, cuando se despedÃa por la mañana, pudiese al menos contar con algunas monedas en el bolsillo. Nosotros, sin embargo, padecÃamos hambre durante todo el dÃa, mientras que lo único que conseguimos con el dinero fue que nuestro padre se mantuviese en un estado de esperanzada alegrÃa. Esto, sin embargo, no se podÃa decir que fuese una ventaja. Él se atormentaba con sus peregrinajes y lo que sin dinero habrÃa encontrado un merecido fin, se prolongó en el tiempo. Como a cambio de su dinero no podÃa recibir ningún rendimiento extraordinario, algún escribiente intentaba de vez en cuando, al menos en apariencia, rendir algo, entonces prometÃa investigaciones, indicaba que ya se habÃan encontrado ciertas pistas que no se seguirÃan para cumplir el deber, sino sólo por afecto a nuestro padre, quien en vez de tornarse escéptico era cada vez más crédulo. Regresaba con una de esas absurdas promesas como si trajera una bendición a la casa y resultaba patético ver cómo siempre a espaldas de Amalia, haciendo señas hacia ella con una sonrisa desfigurada y los ojos muy abiertos, nos querÃa dar a entender cómo la salvación de Amalia, que no sorprenderÃa a nadie más que a ella, estaba muy cerca gracias a sus esfuerzos, pero que todo era aún un secreto y nosotros tenÃamos que guardarlo muy bien. Todo esto habrÃa durado mucho tiempo si, finalmente, no nos hubiese sido imposible proporcionarle más dinero. Aunque mientras tanto Barnabás, después de muchas súplicas, habÃa sido admitido por Brunswick como ayudante —si bien de tal manera que tenÃa que recoger los encargos en la oscuridad de la noche y devolverlos de la misma forma, no obstante, hay que reconocer que Brunswick asumió un riesgo para su negocio por nuestra causa, pero por ello pagaba muy poco a Barnabás y el trabajo de Barnabás no tiene mácula—, pero ese salario apenas bastaba para sacarnos del hambre. Con muchas preparaciones y con gran delicadeza le anunciamos a nuestro padre la interrupción de nuestras ayudas monetarias, pero lo tomó con gran tranquilidad. En el estado en que se encontraba su mente ya no era capaz de comprender lo vano de sus intervenciones, pero estaba cansado de las continuas decepciones. Aunque dijo —ya no hablaba con tanta claridad como antes, habÃa hablado casi con demasiada claridad— que sólo habrÃa necesitado muy poco dinero más, que al dÃa siguiente o incluso ese mismo dÃa lo podrÃa saber todo y que entonces su esfuerzo habrÃa sido inútil, que sólo habrÃa fracasado por culpa del dinero etc., el tono con que lo decÃa mostraba que no se creÃa lo que estaba diciendo. Además, en seguida forjó nuevos planes. Como no habÃa sido capaz de demostrar la culpa y, en consecuencia, no pudo conseguir nada por la vÃa oficial, quiso abordar personalmente a los funcionarios. Entre ellos habÃa algunos que tenÃan un corazón bueno y compasivo, que si bien no lo podÃan mostrar en su cargo, sà cuando no lo ejercÃan, cuando se les sorprendÃa en el momento adecuado.
