El Castillo

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—No lo sé —dijo Jeremías—, tampoco ha sido posible en un tiempo tan breve. Sólo sé que tú has sido muy grosero y por eso nos quejamos. No entiendo cómo tú, que no eres más que un empleado y ni siquiera un empleado del castillo, no puedes comprender que nuestro servicio es un trabajo duro y que es muy injusto dificultar a propósito y de forma tan infantil la labor de los trabajadores como tú has hecho. Te recuerdo la desconsideración con la que nos dejaste que nos congeláramos en la verja o cómo golpeaste con el puño a Artur cuando se encontraba en el jergón, un hombre a quien una palabra negativa le duele durante días, o cómo me perseguiste a mí por la nieve en plena noche, por lo que necesité una hora para recuperarme de la persecución. ¡Ya no soy joven!

—Querido Jeremías —dijo K—, tienes razón, pero deberías exponérselo todo a Galater. Él ha sido quien os ha enviado por propia voluntad, yo no se lo he pedido. Y como no os había reclamado, nada me impedía devolveros, y habría preferido hacerlo en paz y sin violencia, pero al parecer vosotros no lo queríais de otra forma. ¿Por qué no me hablaste con la misma sinceridad cuando nos vimos por primera vez?

—Porque estaba de servicio —dijo Jeremías—, eso es evidente.

—Y ahora ¿ya no estás de servicio? —preguntó K.


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