El Castillo
El Castillo —No —dijo JeremÃas—, sólo te busco para tranquilizar a Frieda. Cuando la abandonaste por la muchacha de los Barnabás, fue muy infeliz, no tanto por la pérdida como por tu traición, por lo demás lo habÃa visto venir desde hacÃa tiempo y por eso habÃa sufrido. Precisamente regresé a la ventana de la escuela para comprobar si tal vez te habÃas vuelto más razonable, pero ya no estabas allÃ, sólo estaba Frieda, que lloraba sentada en un banco de la escuela. Entonces me acerqué a ella y llegamos a un acuerdo. Ya he cumplido mi parte. Soy camarero en la posada de los señores, al menos mientras en el castillo no se haya llegado a una solución en mi asunto, y Frieda está de nuevo en la taberna. Es mejor para Frieda. No habÃa nada razonable en convertirse en tu esposa. Y tú tampoco has sabido valorar el sacrificio que suponÃa para ella. Ahora, sin embargo, la muy bondadosa aún tiene dudas de si no se ha cometido una injusticia contigo, de si tu tal vez no estuviste con la muchacha de los Barnabás. Aunque, naturalmente, no habÃa ninguna duda de dónde estabas, yo he venido para cerciorarme de una vez por todas, pues, después de tanta agitación, Frieda merece dormir con tranquilidad, yo, por lo demás, también. Asà que he venido hasta aquà y no sólo te he encontrado, sino que además he podido comprobar que las jovenzuelas comen de tu mano; especialmente la morena, una auténtica tigresa, está a tu favor. Bueno, cada uno según sus gustos. En todo caso, era innecesario que tomases el rodeo por el jardÃn vecino, conozco el camino.