El Castillo

El Castillo

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Frieda había apoyado su cabeza en el hombro de K, con los brazos entrelazados siguieron caminando en silencio de un lado a otro.

—Si hubiéramos emigrado en seguida —dijo Frieda lentamente, calmada, casi sintiéndose cómoda, como si supiera que sólo le estaba permitido un corto plazo de tranquilidad en el hombro de K y quisiese disfrutarlo hasta el último instante—, si hubiéramos emigrado aquella misma noche, ahora podríamos estar seguros en cualquier lado, siempre juntos, con tu mano siempre lo suficientemente cerca para tocarla; cómo necesito tu proximidad, cómo me siento abandonada sin tu presencia desde que te conozco; tu presencia, créeme, es el único objeto de mis sueños, ningún otro.










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