El Castillo

El Castillo

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—Pero no tengo que calumniar —dijo K—, pues tú no le amas, sólo le crees y me quedarás agradecida si te libero de esa ilusión. Si alguien quisiera apartarte de mí, sin violencia, pero con una cuidadosa estrategia, entonces lo tendría que hacer por mediación de los dos ayudantes. Jóvenes aparentemente buenos, cándidos, alegres, irresponsables, procedentes del castillo, a lo que se añade un poco de recuerdos infantiles, todo eso es muy agradable, sobre todo porque yo soy todo lo contrario, siempre detrás de asuntos que no te resultan del todo comprensibles, que te son enojosos, que me llevan a frecuentar gente que te parece odiosa y algo de eso lo proyectas en mi persona, a pesar de mi inocencia. Todo esto no es más que la explotación perversa y, sin embargo, muy astuta de los defectos en nuestra relación. Toda relación tiene defectos, incluso la nuestra. A fin de cuentas, los dos procedemos de mundos distintos y, desde que nos conocemos, la vida de cada uno de nosotros ha tomado un camino completamente insólito, aún nos sentimos inseguros, todo es demasiado nuevo. No hablo de mí, eso no es tan importante, en el fondo yo me he considerado agasajado desde el principio, desde la primera vez que pusiste tus ojos en mí: acostumbrarse a ser agasajado no es difícil. Tú, sin embargo, sin considerar lo restante, fuiste arrancada de las manos de Klamm, no puedo valorar lo que eso significa, pero paulatinamente me he ido haciendo una idea, uno vacila, no puede orientarse, y aunque hubiese estado dispuesto a acogerte otra vez, no me hallaba presente y cuando lo estaba te retenían tus ensueños o algo más vivo, como la posadera, en suma, hubo momentos en que, pobre niña, apartaste la mirada de mí, en que la dirigiste hacia algo indefinido y en esos periodos intermedios se te tenían que presentar en la misma dirección de tu mirada las personas adecuadas y ellas te perdieron, sucumbiste a la ilusión de que, lo que eran instantes, fantasmas, viejos recuerdos, en el fondo vida pasada y ya transcurrida, eso creíste que aún era tu vida real del presente. Un error, Frieda, nada más que la última dificultad y, bien visto, la más despreciable, que impide nuestra unión final. Vuelve en ti, serénate; si también pensaste que los ayudantes habían sido enviados por Klamm —no es cierto, vienen de Galater— y si también pudieron hechizarte con ayuda de ese truco hasta tal punto que creíste encontrar en su suciedad y lascivia huellas de Klamm, como alguien cree ver una piedra preciosa perdida hace tiempo en un montón de estiércol, mientras que en realidad no podría encontrarla aun si estuviera allí, en realidad no se trata más que de jóvenes del tipo de los sirvientes del establo, sólo que no tienen su salud, les pone enfermos un poco de aire fresco y acaban en la cama, la cual, si bien es cierto, saben buscar con sagacidad servil.


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