El Castillo
El Castillo —¡Ah, el agrimensor! —dijo él, acariciando la mejilla de Frieda para pagarle su atención, pero ella no querÃa permitir ninguna conversación—. Perdone la molestia. No me siento bien, eso disculpa. Creo que tengo fiebre, tengo que tomar té y sudar. La condenada verja del jardÃn, de eso me tendré que arrepentir, y luego vagando de noche. Uno sacrifica su salud, sin notarlo, por cosas que no merecen la pena. Pero usted, señor agrimensor, no se deje estorbar por mÃ, venga con nosotros a nuestra habitación, haga una visita de enfermo y dÃgale a Frieda lo que le falte por decir. Cuando dos que están acostumbrados a estar juntos se separan, tienen, naturalmente, tanto que contarse en el último momento que un tercero es imposible que pueda comprenderlo, incluso cuando yace en la cama y espera el té que le han prometido. Pero entre, yo me mantendré en silencio.