El Castillo
El Castillo —Basta, basta —dijo Frieda, y tiró violentamente de su brazo—. Tiene fiebre y no sabe lo que dice. K, no vengas, te lo pido. Es nuestra habitación, de JeremÃas y mÃa, te prohÃbo que entres. Me persigues, ay, K, ¿por qué me persigues? Jamás, jamás regresaré contigo, me dan escalofrÃos cuando pienso en esa posibilidad. Ve con tus mujercitas, se sientan junto a la calefacción con sólo la camisa, a tu lado, como me han contado, y cuando alguien viene a buscarte, le echan de allÃ. Allà estarás como en casa, si tanto te atrae. Siempre he intentado apartarte de allÃ, con poco éxito, pero al menos lo he intentado, pero ya es demasiado tarde, eres libre, ante ti se abre una vida feliz, a causa de la primera quizá tengas que luchar un poco con los sirvientes, pero en lo que respecta a la segunda, no hay nadie en el cielo ni en la tierra que pueda disputártela. La unión ha sido bendecida de antemano. No digas nada en contra, lo puedes refutar todo, pero al final no has refutado nada. Date cuenta, JeremÃas, ¡lo ha refutado todo!
Se entendieron con gestos de la cabeza y sonrisas.
—Pero —continuó Frieda—, aceptando que lo hubieses refutado todo, ¿qué habrÃas logrado que me importase a mÃ? Lo que allà suceda es asunto vuestro, tuyo y de ellas, no mÃo. Lo mÃo es cuidar de JeremÃas hasta que vuelva a estar sano como estaba antes, antes de que K le atormentase por mi culpa.