El Castillo
El Castillo —Los secretarios siempre se han quejado —continuó Bürgel, estirando los brazos y bostezando, lo que contradecÃa confusamente la seriedad de sus palabras— de verse obligados a realizar por la noche la mayorÃa de los interrogatorios en el pueblo. Pero ¿por qué se quejan? ¿Porque les fatiga mucho? ¿Porque preferirÃan mejor emplear la noche en dormir? No, de eso no se quejan. Entre los secretarios los hay, naturalmente, diligentes y menos diligentes, como en todas partes, pero ninguno de ellos se queja por realizar esfuerzos desmedidos, sobre todo en público. No es nuestra manera de ser. A este respecto no conocemos ninguna diferencia entre tiempo de ocio y tiempo laboral. Esas diferenciaciones nos resultan ajenas. Pero, entonces ¿qué tienen los secretarios contra los interrogatorios nocturnos? ¿Se trata acaso de consideración hacia las partes? No, no, tampoco es eso. Frente a las partes los secretarios son desconsiderados, aunque no lo son menos que frente a ellos mismos, sino exactamente igual. En realidad, esa desconsideración, es decir, su férrea prestación y ejecución de su servicio, representa la mayor consideración que las partes podrÃan desearse. En el fondo, esta circunstancia se acepta por todos —un observador superficial, sin embargo, no lo nota—, aunque, por ejemplo, en este caso, son precisamente los interrogatorios nocturnos los más apreciados por las partes, nunca se presentan quejas importantes contra los interrogatorios nocturnos. ¿Por qué, entonces, esa aversión de los secretarios?