El Castillo
El Castillo K tampoco lo sabía, sabía tan poco, ni siquiera distinguía si Bürgel reclamaba seriamente la respuesta o sólo en apariencia. «Si me dejas echarme en tu cama —pensó—, te responderé a todas las preguntas mañana al mediodía o, mejor, por la tarde».
Pero Bürgel no parecía prestarle atención, tanto le ocupaba la pregunta que él se había formulado a sí mismo.