El Castillo
El Castillo —Por lo que puedo reconocer y según mi experiencia, los secretarios tienen, respecto a los interrogatorios nocturnos, las siguientes dificultades: la noche es poco adecuada para las sesiones con las partes porque por la noche es difÃcil o casi imposible mantener el carácter oficial de las sesiones. Esto no se debe a las formalidades, las formas se pueden observar, naturalmente, con la misma severidad que durante el dÃa. Asà que eso no es; sin embargo, la apreciación oficial padece por la noche. Uno tiende involuntariamente a enjuiciar las cosas bajo una perspectiva más personal, las alegaciones de las partes cobran más peso de lo que les corresponde, en la apreciación se mezclan consideraciones ajenas que pertenecen a la situación privada de las partes, al margen del asunto, asà como sus padecimientos y preocupaciones; la barrera necesaria entre las partes y el funcionario, por más que exista sin máculas, se disloca, y donde, como deberÃa ser, sólo se intercambian preguntas y respuestas, parece producirse un extraño e inadecuado trueque de personas. Al menos eso es lo que cuentan los secretarios, esto es, gente que, a causa de su profesión, está dotada de un extraordinario tacto para esas cosas. Pero incluso ellos —sobre esto ya se ha discutido con frecuencia en nuestro cÃrculo— notan poco de esos efectos desfavorables durante los interrogatorios nocturnos, todo lo contrario, se esfuerzan de antemano por oponerse a ellos y finalmente creen haber alcanzado buenos rendimientos. Pero si después se leen los expedientes, uno se sorprende por sus ostensibles debilidades. Y son estos errores, una y otra vez victorias casi injustificadas de las partes, los que, al menos según nuestros reglamentos, ya no se pueden arreglar en la acostumbrada vÃa breve. Cierto, más tarde serán mejorados por la oficina de control, pero eso sólo servirá al derecho, pero ya no podrá dañar a la parte beneficiada. ¿No están muy justificadas, bajo esas circunstancias, las quejas de los secretarios?