El Castillo
El Castillo K ya se había quedado un rato adormecido, ahora volvía a ser molestado. ¿A qué venía todo eso? ¿A qué?, se preguntó, y con los párpados caídos contempló a Bürgel no como a un funcionario, sino como a algo que le impedía dormir y cuyo sentido no podía averiguar. Bürgel, sin embargo, sumido en su argumentación, sonreía como si hubiese conseguido desorientar un poco a K, pero estaba dispuesto a conducirlo de nuevo al camino correcto.