El Castillo

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K ya no oyó nada más, dormía, ausente a todo lo que podía ocurrir. Su cabeza, que al principio había colocado en el brazo izquierdo en la parte superior del poste de la cama, se había deslizado durante el sueño y colgaba libremente, hundiéndose cada vez más, sin que el apoyo del brazo fuese ya suficiente, pero K se apropió de otro apoyo al extender la mano derecha bajo la manta y coger casualmente el pie de Bürgel. Éste miró en esa dirección y le dejó el pie, por molesto que le resultara.

De repente alguien golpeó repetidamente la pared. K se asustó y miró hacia la pared.

¿Está ahí el agrimensor? —preguntó alguien.

—Sí —dijo Bürgel, liberó su pie de K y se estiró repentinamente animado y travieso como un joven.

—Entonces que venga ya de una vez —dijo la voz.

No se tomó en consideración a Bürgel ni a que pudiera necesitar a K.

—Es Erlanger —musitó Bürgel. No pareció sorprenderle que se encontrase en la habitación contigua.


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