El Castillo
El Castillo Probablemente también le hubiera resultado indiferente haberse pasado la habitación de Erlanger, si Erlanger no hubiese estado en la puerta abierta y le hubiese hecho una seña, una única y pequeña seña con el dedo índice. Erlanger ya estaba dispuesto a irse, llevaba un abrigo de piel negro abrochado hasta el cuello. Un sirviente le daba en ese mismo momento los guantes y mantenía en la otra mano un gorro de piel.
—Tendría que haber venido mucho antes —dijo Erlanger.
K quiso disculparse, pero Erlanger mostró al parpadear con cansancio que renunciaba a sus disculpas.
