El Castillo
El Castillo —Se trata de lo siguiente —dijo—, en la taberna trabajaba antes una tal Frieda, sólo conozco su nombre, a ella no la conozco, no me interesa. Esa tal Frieda le sirvió a Klamm alguna vez la cerveza, ahora parece haber allà otra muchacha. Bien, ese cambio carece, naturalmente, de importancia, probablemente para todos, con toda seguridad para Klamm. Pero cuanto más grande es un trabajo, y el trabajo de Klamm es el más grande, menos fuerza resta para defenderse contra el mundo exterior, en consecuencia cualquier cambio banal puede perturbar seriamente las cosas más importantes. El más pequeño cambio en la mesa, la limpieza de una mancha existente allà desde siempre, todo eso puede perturbar del mismo modo que una nueva criada. Ahora bien, todo eso perturba, como perturbarÃa a cualquier otro con cualquier trabajo, pero no a Klamm, eso es imposible. Sin embargo, estamos obligados a velar por el bienestar de Klamm de tal forma que apartemos de él perturbaciones que para él no son tales —probablemente para él no haya ninguna—, cuando nos llaman la atención como un potencial foco de perturbación. Y no por él, no por su trabajo apartamos esas perturbaciones, sino por nosotros, por nuestra conciencia y tranquilidad. Por esta razón, Frieda tiene que regresar inmediatamente a la taberna: quizá por el hecho de regresar, perturbe, pero entonces la volveremos a echar; provisionalmente, sin embargo, tiene que regresar. Usted vive con ella, según me han dicho, asà que consiga que regrese de inmediato. Es evidente que aquà no se deben tomar en consideración sentimientos personales, por eso no pienso discutir nada sobre este asunto. Ya estoy haciendo más de lo necesario si menciono que en el caso de que cumpla en esta pequeñez, le podrÃa ser útil en otro momento. Esto es todo lo que tenÃa que decirle.