El Castillo
El Castillo Se despidió de K con una inclinación de cabeza, se puso el gorro de piel que le ofreció el sirviente y, seguido por éste, bajó rápidamente por el corredor aunque cojeando algo.
A veces allí se impartían órdenes que eran muy fáciles de cumplir, pero esa facilidad no alegró a K. No sólo porque la orden afectaba a Frieda se había emitido como una orden, aunque a K le hubiera sonado como una burla, sino ante todo porque en ella se reflejaba la inutilidad de todos sus esfuerzos. Sobre él pasaban las órdenes, las favorables y las desfavorables, y también las favorables tenían un núcleo desfavorable, pero en todo caso todas pasaban por encima de él y él se encontraba en una situación de inferioridad que le impedía acometerlas o enmudecerlas y tener la posibilidad de hacerse oír. Si Erlanger te hace señas para que no hables, ¿qué puedes hacer? Y si no hiciera señas, ¿qué podrías decirle? Ciertamente, K era consciente de que su cansancio le había perjudicado más que lo desfavorable de las circunstancias, pero ¿por qué una persona, que había creído poder confiar en su cuerpo y que sin esa convicción jamás se habría puesto en camino, no había podido pasar una noche sin dormir y otras durmiendo mal?, ¿por qué sintió allí ese cansancio incontrolable, donde nadie estaba cansado o, donde, más bien, todos estaban continuamente cansados sin que eso perjudicase su trabajo, sí, incluso parecía que lo fomentaba?