El Castillo

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Después de esas observaciones más personales, se fijó de nuevo en el sirviente; respecto a ese sirviente no se constataba lo que le habían contado a K acerca de los sirvientes en general, de su inactividad, su vida cómoda, su arrogancia, también había excepciones entre los sirvientes o, lo que era más probable, había diferentes grupos entre ellos, pues allí había, como notó K, delimitaciones que hasta ese momento no había percibido. En especial de ese sirviente le gustó mucho su inflexibilidad. En lucha contra esas habitaciones obstinadas —a K le parecía una lucha contra las habitaciones, pues sus habitantes apenas se dejaban ver—, el sirviente no cedía. Se fatigaba, sin duda, pero ¿quién no se hubiese fatigado? Al poco tiempo, sin embargo, ya se había recuperado, bajaba del carrito y avanzaba una vez más, con los dientes apretados, para conquistar la puerta. Y ocurría que fuese rechazado una y dos veces, y de una forma muy fácil, mediante el endemoniado silencio, pero aún no se daba por vencido. Como veía que no podía conseguir nada con un ataque frontal, lo intentaba de otra manera, por ejemplo, y si K lo comprendió correctamente, con astucia. Se distanciaba aparentemente de la puerta, dejaba que agotase su silencio, se dirigía hacia otras puertas, pero después de un rato regresaba, llamaba al otro sirviente, todo en voz alta y de forma llamativa, y comenzaba a apilar expedientes ante la puerta, como si hubiese cambiado de opinión y al señor no se le tuviesen que retirar legítimamente expedientes, sino en realidad darle más. Entonces seguía, pero mantenía la puerta vigilada, y cuando el señor, como solía ocurrir, abría la puerta cuidadosamente para coger los expedientes, el sirviente estaba allí en dos saltos, introducía el pie entre la puerta y la pared y obligaba así al señor a negociar con él cara a cara, lo que conducía por regla general a un acuerdo parcialmente satisfactorio. Y si no lo conseguía así o no le parecía el método adecuado para una puerta concreta, lo intentaba de otra forma. Entonces se dedicaba, por ejemplo, al señor que reclamaba los expedientes. Desplazaba a un lado al otro sirviente, que sólo trabajaba mecánicamente, y era más bien un estorbo, y comenzaba a convencer al señor con susurros, en secreto, introduciendo la cabeza en la habitación, probablemente le hacía promesas y le aseguraba el correspondiente castigo del otro señor en el próximo reparto, al menos señalaba con frecuencia hacia la puerta del oponente y reía, en lo que se lo permitía su cansancio. Pero también se daban casos, uno o dos, en los que renunciaba a más intentos, pero aquí también creía K que eso sólo era una renuncia aparente o, al menos, una renuncia con motivos justificados, pues seguía con toda tranquilidad, toleraba, sin mirar hacia atrás, el ruido del señor perjudicado, y mostraba simplemente con un parpadeo más largo que sufría por el ruido. El señor, sin embargo, se tranquilizaba paulatinamente, al igual que el ininterrumpido llanto infantil se convierte poco a poco en sollozos aislados, aunque después de que hubiese enmudecido aún se oyese de vez en cuando un grito o un fugaz abrir y cerrar de esa puerta. En todo caso, se mostraba que también en esa oportunidad el sirviente había actuado correctamente. Finalmente sólo quedó un señor que no quería tranquilizarse, calló durante un largo tiempo, pero simplemente para recuperarse, luego comenzó de nuevo, y no más débil que antes. No estaba muy claro por qué gritaba y se quejaba, quizá no fuese por el reparto de los expedientes. Mientras tanto, el sirviente había concluido su trabajo, sólo un expediente, en realidad, un papel, la página de un cuaderno de notas, había quedado por culpa del ayudante en el carrito y no se sabía a quién le correspondía.


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