El Castillo
El Castillo «Ése podrÃa ser mi expediente», se le pasó a K por la cabeza. El alcalde siempre habÃa hablado de ese «caso minúsculo». Y K, por muy ridÃcula y absurda que le pareciera esa suposición, intentó acercarse al sirviente que en ese momento mantenÃa pensativo la página en su mano. No era fácil, pues el sirviente no soportaba la proximidad de K, incluso en medio del trabajo más duro siempre habÃa encontrado tiempo para mirar hacia K impaciente y enojado, con movimientos bruscos de la cabeza. Sólo después de haber concluido el reparto parecÃa haberse olvidado algo de K, quizá porque se habÃa tornado más indiferente; su extremado agotamiento lo hacÃa comprensible, tampoco se esforzaba mucho con la nota, ni siquiera la leyó entera, sólo lo aparentó, y aunque probablemente habrÃa procurado una gran alegrÃa a uno de los señores al repartirle la nota, tomó otra decisión, ya estaba harto de repartir, asà que hizo un gesto de silencio a su acompañante llevándose el dedo Ãndice a la boca, rompió —K aún no habÃa llegado hasta él— la nota en trozos pequeños y se los metió en el bolsillo. Se trataba de la primera irregularidad que K habÃa visto en el trabajo administrativo, aunque también podÃa ser posible que lo hubiese entendido erróneamente. Y aun cuando fuese una irregularidad, se podÃa disculpar, y bajo las condiciones en que se realizaba el trabajo, el sirviente no podÃa trabajar sin cometer errores, una vez tenÃa que liberarse del enojo y la irritación acumulados, y que eso se mostrase sólo en la acción de romper esa nota, parecÃa lo suficientemente inocente. Aún resonaba la voz por el corredor del señor que no habÃa manera de tranquilizar y los colegas, que en otros aspectos no se comportaban precisamente con amabilidad entre ellos, parecÃan compartir la misma opinión en lo referente al ruido, era como si el señor hubiese adoptado la tarea de hacer ruido por todos aquellos que le animaban con gritos y gestos con la cabeza para que siguiera con el escándalo. Pero el sirviente ya no se preocupaba en absoluto de ello, habÃa terminado su trabajo, señaló el asidero del carrito para que el otro sirviente lo agarrase y se fueron como habÃan venido, sólo que más satisfechos y con tal rapidez que el carrito brincaba ante ellos. Sólo una vez se sobresaltaron y miraron hacia atrás, cuando el señor, que continuaba gritando, y ante cuya puerta permanecÃa K, porque le hubiera gustado saber qué querÃa realmente, al parecer comprobó que con los gritos no iba a llegar a ninguna parte y encontró el botón de un timbre, por lo que, entusiasmado con la posibilidad de liberar su enojo, en vez de gritar comenzó a tocar el timbre. A continuación, comenzó un gran murmullo en las otras habitaciones, al parecer de aprobación; el señor parecÃa estar haciendo algo que a todos les hubiera gustado hacer desde hacÃa tiempo y que habÃan omitido sólo por motivos desconocidos. ¿Era quizá a la servidumbre, tal vez a Frieda, a quien llamaba el señor con todo ese ruido? Ya podÃa tocar todo lo que quisiera. Frieda estaba ocupada en envolver a JeremÃas en paños calientes y aun cuando él estuviese sano, ella tampoco tendrÃa tiempo, pues entonces estarÃa en sus brazos. Pero los timbrazos tuvieron un efecto inmediato. Ya se veÃa cómo el posadero venÃa corriendo desde la lejanÃa, vestido de negro y abotonado hasta el cuello, como siempre; pero corrÃa como si se olvidase de su dignidad; habÃa extendido los brazos, como si le hubiesen llamado por haberse producido una gran desgracia y llegase para agarrarla y hacerla desaparecer en su pecho; y con cada irregularidad del timbre parecÃa dar un saltito y apresurarse aún más. Su esposa apareció a una gran distancia de él: también ella corrÃa con los brazos extendidos, pero sus pasos eran cortos y afectados y K pensó que llegarÃa demasiado tarde, mientras tanto el posadero ya habrÃa hecho todo lo necesario. Para dejar espacio al posadero, K se apretó contra la pared. Pero el posadero se detuvo ante K como si ésa fuese su meta y la posadera le alcanzó en seguida y los dos le llenaron de reproches, que él, con las prisas y la sorpresa, no entendió, sobre todo porque el timbre del señor se injerÃa e incluso otros timbres comenzaron a sonar, ahora ya no por necesidad, sino sólo por jugar y por el exceso de alegrÃa. K, porque tenÃa mucho interés en comprender su culpabilidad, se mostró conforme con que el posadero le tomase por el brazo y se lo llevase de aquel ruido que seguÃa aumentando, pues detrás de ellos —K no se volvió, ya que el posadero y sobre todo, en la otra parte, la posadera, no dejaban de hablarle— se abrÃan las puertas por completo, el corredor se animaba, pareció desarrollarse cierto tráfico, como en una animada callejuela, las puertas ante ellos parecÃan esperar impacientes a que K pasase de una vez por todas para poder dejar salir a los señores, y, mientras, no cesaban de tocar los timbres como si festejasen una victoria. Finalmente —ya se encontraban en el blanco y silencioso patio—, y con lentitud, K pudo irse enterando de qué habÃa ocurrido. Ni el posadero ni la posadera podÃan entender que K hubiese osado hacer semejante cosa. Pero ¿qué habÃa hecho? Una y otra vez lo preguntó K, pero durante mucho tiempo no lo pudo averiguar, pues su culpabilidad era para los dos tan evidente que no podÃan pensar en su buena fe. Sólo muy lentamente se dio cuenta K de todo. No tenÃa derecho a estar en el corredor, por regla general sólo le era accesible excepcionalmente la taberna por un acto de gracia y salvo contraorden. Si habÃa sido citado por un señor, naturalmente tenÃa que comparecer en el lugar señalado, pero siempre tenÃa que permanecer consciente —al menos tendrÃa el habitual sentido común, ¿no?— de que estaba en un sitio al que no pertenecÃa, sólo porque un señor, en la mayorÃa de los casos contra su voluntad, puesto que asà lo reclamaba y disculpaba un asunto administrativo, le habÃa convocado. Asà pues, tenÃa que aparecer rápidamente, someterse al interrogatorio, pero después desaparecer cuanto antes mejor. ¿No habÃa tenido en el corredor el sentimiento de que aquél no era su sitio? Pero si lo habÃa tenido, ¿cómo habÃa podido vagar por allà como un tigre enjaulado? ¿Acaso no habÃa sido citado para un interrogatorio nocturno? ¿No sabÃa por qué se habÃan introducido los interrogatorios nocturnos? Los interrogatorios nocturnos —y aquà recibió K una nueva explicación de su sentido— tenÃan como finalidad escuchar rápidamente, en plena noche y con luz eléctrica, a aquellas partes cuya visión fuese insoportable para los señores durante el dÃa, con la posibilidad de olvidar toda esa fealdad mediante el sueño. El comportamiento de K, sin embargo, se habÃa burlado de todas las medidas de precaución. Incluso los fantasmas desaparecÃan cuando amanecÃa, pero K se habÃa quedado allÃ, con las manos en los bolsillos, como si esperase que, ya que él no se apartaba, todo el corredor con todas las habitaciones y sus ocupantes tenÃan que apartarse. Y eso habrÃa ocurrido —de eso podÃa estar seguro— con toda certeza, si hubiese sido posible, pues la delicadeza de sentimientos de los señores no conoce lÃmites. Ninguno de ellos expulsarÃa a K o ni siquiera dirÃa lo más evidente, que se tenÃa que ir, ninguno de ellos lo harÃa, a pesar de que mientras durase la presencia de K probablemente temblasen de excitación y les aguase la mañana, su momento preferido. En vez de dirigirse a K, preferirÃan sufrir, en lo que, si bien es cierto, también jugarÃa la esperanza de que K, finalmente, tendrÃa que reconocer lo que saltaba a la vista y tendrÃa que sufrir los mismos padecimientos de los señores hasta lÃmites insoportables, tan terriblemente inconveniente era su estancia allÃ, en el corredor, por la mañana y visible para todos. Pero se trataba de una vana esperanza. No sabÃan, o, en su amabilidad y tolerancia, no querÃan saber, que hay corazones insensibles, duros, que no se ablandan con ningún respeto. ¿Acaso no busca la polilla nocturna, el pobre animal, cuando llega el dÃa, un rincón silencioso y allà se aplana, prefiriendo desaparecer, siendo infeliz por no poder lograrlo? K, en cambio, se habÃa situado allà donde era más visible y si pudiera mediante esa acción impedir que amaneciera, lo harÃa. No lo podÃa impedir, pero, desgraciadamente, sà lo podÃa retrasar o dificultar. ¿Acaso no habÃa presenciado cómo se repartÃan los expedientes? Eso era algo que no podÃa presenciar nadie excepto los interesados. Eso era algo que ni el posadero ni la posadera podÃan presenciar en su propia casa. Sólo recibÃan alguna información como, por ejemplo, ese mismo dÃa, del sirviente. ¿No habÃa notado las dificultades con que se topaba la distribución de expedientes? Algo incomprensible, pues cada uno de los señores sólo servÃa a la causa, nunca pensaba en su ventaja personal y, por tanto, tenÃa que trabajar con todas sus fuerzas para que la distribución de expedientes, esa labor tan importante y fundamental, se produjera con celeridad, facilidad y sin errores. Y, ¿ni siquiera habÃa supuesto lejanamente que el motivo principal de todas las dificultades era que el reparto de los expedientes se tenÃa que realizar, por su culpa, con las puertas casi cerradas, sin la posibilidad de un trato directo entre los señores, quienes, naturalmente, podÃan entenderse en un instante, mientras que con la mediación del sirviente todo tenÃa que durar horas, nunca podÃa ocurrir sin quejas, lo que suponÃa un tormento duradero para señores y sirviente y que probablemente tendrÃa efectos perjudiciales para el trabajo posterior? Y ¿por qué no podÃan tratar directamente los señores entre ellos? SÃ, ¿aún no lo comprendÃa K? La posadera no habÃa conocido nada similar y el posadero lo confirmó también de su parte y eso que ya habÃan tenido que tratar con gente terca. Cosas que, en otro caso, no se osarÃan decir, habÃa que decÃrselas abiertamente para que comprendiese lo más necesario. Muy bien, habrÃa que decÃrselo: por su culpa, exclusivamente por su culpa, no habÃan salido los señores de sus habitaciones, pues a esas horas de la mañana, poco después del sueño, son demasiado vergonzosos y sensibles como para exponerse a las miradas ajenas; se sienten demasiado desnudos para mostrarse, por más que ya estén completamente vestidos. Es difÃcil decir de qué se avergonzaban, tal vez lo hacÃan, esos eternos trabajadores, por el sencillo hecho de haber dormido. Pero quizá más que de mostrarse, se avergonzaban de ver a gente extraña; lo que habÃan superado felizmente con ayuda de los interrogatorios nocturnos, la visión de las partes tan difÃcilmente soportable para ellos, no querÃan volver a afrontarlo de nuevo por la mañana, súbitamente, en toda su crudeza. A eso no le podÃan hacer frente. ¿Qué tipo de hombre habÃa que ser para no respetar ese hecho? Bien, habÃa que ser un hombre como K, alguien que, con su obtusa indiferencia y somnolencia, pasase por alto todo, las leyes, asà como la consideración humana más normal, a quien no le importase nada hacer casi imposible la distribución de los expedientes y dañar la reputación de la casa, que lograse lo hasta ahora inaudito de desesperar tanto a los señores que éstos comenzasen a defenderse, que echasen mano de los timbres, en una superación de sà mismos impensable para personas comunes, y pidiesen ayuda para asà poder expulsar a K, a quien no habÃa otra manera de estremecer. ¡Ellos, los señores, pidiendo ayuda! El posadero y la posadera, con todo el personal, ¿acaso no habrÃan acudido a toda prisa, si hubiesen osado aparecer por la mañana ante los señores, aunque sólo fuese con el fin de traer ayuda, para luego desaparecer inmediatamente? Temblando de indignación, desconsolados por la impotencia habÃan tenido que esperar allÃ, al inicio del corredor, y el sonido de los timbres no fue precisamente para ellos un sonido de salvación. Bueno, ¡lo peor ya habÃa pasado! ¡Si al menos pudieran echar un vistazo en el alegre alboroto de los señores finalmente liberados de K! Para K, sin embargo, no habÃa pasado, con toda certeza tendrÃa que responder de lo allà ocurrido.