El Castillo

El Castillo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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Mientras, habían llegado a la taberna, el motivo por el que el posadero, a pesar de su enojo, había conducido a K hasta allí, no estaba del todo claro, tal vez se había dado cuenta de que el cansancio de K le haría imposible abandonar la casa. Sin esperar una invitación a que se sentara, K se desplomó sobre uno de los barriles. Allí, en la oscuridad, se sentía bien. En toda la estancia sólo brillaba una débil lámpara eléctrica colocada sobre los grifos de los barriles. También fuera reinaba una profunda oscuridad, parecía que nevaba copiosamente. Había que estar agradecido por permanecer allí, en la habitación templada, y tomar medidas para no ser expulsado. El posadero y la posadera aún estaban ante él, como si de su presencia siguiera emanando cierto peligro, como si con su falta de formalidad no se pudiera excluir que saliese de repente e intentase volver a penetrar en el corredor. También ellos estaban cansados del susto nocturno y del temprano despertar, especialmente la posadera, que llevaba puesto un traje sedoso de color marrón, de falda amplia, no muy bien abotonado —¿de dónde lo había sacado con las prisas?—, y que mantenía la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, secándose los ojos con un pañuelo de tela fina mientras lanzaba miradas enojadas a K. Para tranquilizar al matrimonio, K dijo que todo lo que le habían contado era nuevo para él, que, a pesar de su ignorancia, no habría permanecido tanto tiempo en el corredor, donde realmente no tenía nada que hacer y, con toda seguridad, no había pretendido atormentar a nadie, sino que todo había ocurrido por su extremado cansancio. Les agradecía que hubiesen puesto fin a esa escena tan desagradable. Si tenía que responder por su conducta, lo haría agradecido, pues así podría impedir una interpretación errónea de ella. Sólo el cansancio y nada más había sido el culpable. Ese cansancio, sin embargo, procedía de que aún no estaba acostumbrado al esfuerzo de los interrogatorios. No hacía mucho tiempo que había llegado. Con un poco más de experiencia, no volvería a pasar. Tal vez se tomaba demasiado en serio los interrogatorios, pero eso no podía representar ninguna desventaja. Había tenido que soportar dos interrogatorios consecutivos, uno en la habitación de Bürgel y el segundo en la de Erlanger, especialmente el primero le había agotado, el segundo, es cierto, no había durado mucho, Erlanger sólo le había pedido un favor, pero los dos juntos había sido más de lo que podía soportar, tal vez para otro, como por ejemplo, para el señor posadero, algo parecido también hubiese sido demasiado. Del segundo interrogatorio salió tambaleándose. Casi se podría decir que había quedado sumido en un estado de embriaguez: había visto y oído a aquellos señores por primera vez y también les había tenido que responder. Por lo que sabía, todo había salido bien, pero entonces ocurrió esa desgracia, que, sin embargo, no se le podía atribuir como un comportamiento culpable en vista de lo precedente. Por desgracia sólo Erlanger y Bürgel se habían dado cuenta de su estado y, con toda seguridad, le habrían protegido y evitado todo lo posterior, pero Erlanger se tuvo que ir inmediatamente después del interrogatorio, al parecer para dirigirse al castillo, y Bürgel, probablemente cansado por el interrogatorio —¿cómo habría podido entonces resistirlo K sin salir perjudicado?— se había dormido e incluso se había saltado toda la distribución de los expedientes. Si K hubiese tenido otra posibilidad, la habría puesto en práctica con alegría y habría renunciado a todas las observaciones prohibidas, y esto le hubiese resultado más fácil puesto que en realidad no había estado en disposición de ver nada y por eso los señores más sensibles se habrían podido mostrar ante él sin sentir vergüenza alguna.


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