El Castillo

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—Mientras te quejes de haber sido estafada —dijo K—, no puedo llegar a un acuerdo contigo. Tú quieres seguir siendo estafada, porque eso te adula y te conmueve. Pero la verdad es que tú no eres la adecuada para este puesto. Cuán clara resulta tu ineptitud, que hasta yo, según tu opinión, el más ignorante, me doy cuenta de ella. Eres una buena chica, Pepi, pero no es fácil reconocer lo que te digo; yo, por ejemplo, al principio te tomé por cruel y arrogante, pero no lo eres, sólo es este puesto que te confunde, ya que no eres apta para él. No quiero decir que el puesto sea demasiado elevado para ti, tampoco es un empleo tan extraordinario; quizá sea, si se mira con más detenimiento, más honorable que tu empleo anterior, pero en general la diferencia no es tan grande, los dos se asemejan tanto que se pueden confundir, sí, casi se podría afirmar que es preferible ser criada antes que camarera, pues abajo siempre se está entre secretarios, aquí, sin embargo, hay que tener contacto con el pueblo llano, por ejemplo conmigo, si bien también se puede servir a los superiores de los secretarios en sus habitaciones; está decretado que yo no pueda permanecer en ningún lado salvo aquí, en la taberna, y la posibilidad de tratar conmigo ¿podría ser algo extremadamente honroso? Sólo a ti te lo parece y quizá tengas motivos para ello. Pero precisamente por eso careces de la aptitud necesaria. Es un empleo como cualquier otro, para ti, sin embargo, es el Reino Celestial, en consecuencia todo lo haces con un celo desmesurado, te acicalas como, según tú, se deben acicalar los ángeles —ellos, en realidad, son de otra manera—, tiemblas por el puesto, te sientes continuamente perseguida, buscas ganarte con desmesurada amabilidad a todos aquellos que te puedan servir de apoyo, pero con esa actitud los importunas y los repeles, pues ellos buscan paz en la taberna y no añadir a sus preocupaciones las de la camarera. Es posible que después de la salida de Frieda ninguno de los clientes se diese cuenta del suceso, ahora, sin embargo, sí lo saben y realmente anhelan a Frieda, pues ella lo ha conducido todo de otro modo. Fuera cual fuese su carácter y el modo en que valorase su empleo, poseía una gran experiencia en su trabajo, era fría y sabía dominarse, tú misma lo has destacado, aunque sin haberte aprovechado del ejemplo. ¿Te has fijado alguna vez en su mirada? Ésa no era ya la mirada de una camarera, casi era la mirada de una posadera. Todo lo veía y, al mismo tiempo, captaba a cada una de las personas, y la mirada que dejaba para ellas era lo suficientemente fuerte como para someterlas. Qué importaba que quizá fuese un poco delgada, que estuviese un poco envejecida, que uno se pudiera imaginar un cabello más denso, ésas son pequeñeces comparadas con lo que realmente tenía y aquellos a quienes hubiesen molestado esos defectos sólo habrían demostrado que les faltaba el sentido para captar lo importante. Esto no se le puede reprochar a Klamm y sólo es el falso punto de vista de una muchacha joven e inexperta lo que te impide creer en el amor de Klamm por Frieda. Klamm te parece —y con razón— inalcanzable y, por eso, crees que tampoco Frieda tendría que haber llegado hasta Klamm. Te equivocas. Yo confiaría exclusivamente en la palabra de Frieda, aun en el caso de que careciera de pruebas irrefutables. Por increíble que te parezca y aunque te resulte incompatible con tus ideas del mundo y del funcionariado, de la distinción y efecto de la belleza femenina, es verdad, como que estamos aquí sentados y tomo tu mano entre las mías, que así se sentaban, como si fuera la cosa más natural del mundo, Klamm y Frieda, uno al lado del otro, y él bajaba voluntariamente, incluso se apresuraba a bajar, nadie espiaba en el corredor, descuidando el trabajo; el mismo Klamm tenía que hacer el esfuerzo de bajar y los fallos en el vestido de Frieda, que tanto te horrorizaban, a él no le molestaban en absoluto. ¡No quieres creerla! Y no sabes cómo te descubres, cómo muestras tu inexperiencia. Ni siquiera alguien que no supiese nada de la relación con Klamm, tendría que reconocer en su carácter que se ha formado algo que es más que tú y yo y que toda la gente del pueblo y que sus conversaciones iban más allá de las bromas que son habituales entre clientes y camareras y que parecen ser la meta de tu vida. Pero te hago una injusticia. Tú reconoces muy bien las dotes de Frieda, te has dado cuenta de su capacidad de observación, de su fuerza para decidir, de su influencia sobre las personas, sólo que todo lo interpretas erróneamente, crees que todo lo emplea de forma egoísta para obtener ventaja, con maldad, sólo como un arma contra ti. No, Pepi, aun cuando pudiese disparar esas flechas envenenadas, no podría dispararlas a una distancia tan corta. ¿Y egoísta? Más bien podría decirse que, sacrificando lo que tenía y lo que podía esperar, nos ha dado la posibilidad de mantenernos en un puesto superior, pero los dos la hemos decepcionado y la hemos obligado a regresar aquí. No sé si es así, tampoco mi culpa me parece clara, únicamente cuando me comparo contigo surge en mi mente algo parecido, como si nosotros nos hubiésemos esforzado de un modo demasiado ruidoso, infantil e inexperto para ganar algo que se podría obtener fácilmente con la tranquilidad y la objetividad de Frieda, pero que con lloros, arañazos y tirones violentos, como un niño tira del mantel, no se puede obtener, más bien echar por tierra y hacerlo inalcanzable. No sé si esto será así, pero que hay más posibilidades de que sea así y no cómo tú lo has contado, eso lo sé con toda certeza.


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