El Castillo
El Castillo En ese momento se abrió la puerta, Pepi se estremeció, sus pensamientos se habían alejado demasiado de la taberna, pero no era Frieda, sino la posadera. Se quedó asombrada al ver que K seguía allí. K se disculpó diciendo que la había estado esperando y, al mismo tiempo, le agradeció que le hubiese permitido pernoctar allí. La posadera no entendió por qué K la estaba esperando. K dijo que había tenido la impresión de que la posadera aún quería hablar con él; pedía disculpas si había sido un error, además, ya se tenía que ir, había abandonado por mucho tiempo la escuela, de la que era bedel, de todo tenía la culpa la citación del día anterior, aún tenía poca experiencia en esas cosas, no volvería a causarle tantas molestias, como el día anterior. Y se inclinó dispuesto a salir. La posadera le miró como si soñase. Debido a esa mirada, K se quedó más tiempo del que quería. Entonces ella sonrió un poco y sólo con el rostro asombrado de K volvió, en cierta manera, en sí misma; era como si hubiese esperado una respuesta a su sonrisa y, al no recibirla, se hubiese despertado.
Ayer tuviste la osadía de decir algo sobre mi vestido.
K no podía acordarse.
—¿No lo recuerdas? A la osadía le sigue la cobardía.