El Castillo

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K se disculpó con su cansancio del día anterior, era posible que hubiese dicho algún disparate, en todo caso ya no recordaba nada. ¿Qué habría podido decir de los vestidos de la posadera? ¿Que eran tan bellos como no los había visto en su vida? Al menos aún no había visto a ninguna posadera que trabajase con esos vestidos.

—Déjate de comentarios —dijo rápidamente la posadera—, no quiero oír más una palabra tuya acerca de mis vestidos, no te incumben en absoluto, te lo prohíbo de una vez por todas.

K se inclinó una vez más y se dirigió hacia la puerta.

—Pero ¿qué significa eso —exclamó la posadera detrás de él— de que jamás has visto a una posadera con esos vestidos durante el trabajo? ¿Qué significan esos absurdos comentarios? Son completamente absurdos, ¿qué quieres decir?

K se dio la vuelta y pidió a la posadera que no se excitase. Naturalmente que el comentario era absurdo. Además, él no entendía nada de vestidos. En su situación cualquier vestido sin manchas le parecía un lujo. Sólo se había quedado asombrado al ver a la señora posadera, abajo, en el corredor, con un vestido de noche tan bello entre tantos hombres apenas vestidos, nada más.


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