El Castillo

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—Ah, muy bien —dijo la posadera—, ya pareces comenzar a recordar tu comentario de ayer. Y lo completas con otro absurdo. Es cierto que no entiendes nada de vestidos. Así que deja de juzgar —te lo pido seriamente— cuáles son lujosos o cuáles son inadecuados y otras cosas por el estilo —aquí pareció como si tuviese un escalofrío—, no vuelvas a decir nada sobre mis vestidos, ¿lo oyes?

Y cuando K quería darse la vuelta en silencio, ella preguntó:

—¿De dónde sabes tú algo de vestidos?

K se encogió de hombros, no sabía nada.

—No sabes nada —dijo la posadera—, entonces no deberías pretender que sabes. Ven a la oficina, te mostraré algo, entonces dejarás para siempre tus insolencias.

La posadera salió por la puerta, Pepi se acercó a K de un salto; con el pretexto de cobrar la cuenta de K, llegaron rápidamente a un acuerdo; era muy fácil, pues K conocía el patio, cuya puerta conducía a la calle lateral, al lado de la puerta había otra mucho más pequeña, detrás de ella estaría Pepi en una hora y la abriría cuando golpease en ella tres veces.


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