El Castillo

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La oficina privada estaba situada frente a la taberna, sólo había que atravesar el pasillo; la posadera ya había entrado en la habitación iluminada y esperaba a K con impaciencia. Hubo una nueva molestia. Gerstäcker había esperado en el pasillo y quiso hablar con K. No era fácil desembarazarse de él, también la posadera ayudó y reprochó a Gerstäcker su impertinencia.

—¿Adónde entonces? ¿Adónde? —aún se pudo oír a Gerstäcker cuando se cerró la puerta y las palabras se mezclaron desagradablemente con sollozos y toses.

Era una habitación pequeña y demasiado caldeada. Un pupitre de pie y una caja fuerte quedaban adosados a las paredes más cortas, en las más largas había un armario y una otomana. Casi todo el espacio era ocupado por el armario, no sólo porque llenaba toda la pared más larga, sino porque también su anchura estrechaba la habitación: se necesitaban dos puertas corredizas para abrirlo del todo. La posadera hizo una señal hacia la otomana, indicando que K se sentara, ella se sentó en una silla giratoria al lado del pupitre.

—¿Ni siquiera has aprendido el oficio de sastre? —preguntó la posadera.

—No, nunca —dijo K.

—¿Qué eres en realidad?

—Agrimensor.

—¿Qué es eso?

K se lo explicó. La explicación la hizo bostezar.


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