El Castillo
El Castillo —No dices la verdad. ¿Por qué no dices la verdad?
—Tampoco tú la dices.
—¿Yo? Ya comienzas otra vez con tus insolencias. Y si no la dijera, ¿acaso tendrÃa que responder de ello ante ti? Y ¿en qué no digo la verdad?
—No sólo eres posadera, como pretendes.
—¡Hombre! Estás lleno de descubrimientos. Entonces ¿qué soy? Tus insolencias rompen todos los lÃmites.
—No sé lo que eres además, sólo sé que eres una posadera y que llevas vestidos que no son propios de una posadera y como, por lo que sé, no los lleva nadie aquà en el pueblo.
—Bueno, ahora llegamos al meollo del asunto, no lo puedes silenciar, tal vez no seas insolente, sólo eres como un niño que sabe cualquier tonterÃa y que es imposible obligarle a que se la calle. Habla entonces. ¿Qué tienen de especial estos vestidos?
—Te enojarás si lo digo.
—No, me reiré, no es más que cháchara infantil. ¿Cómo son los vestidos?