El Castillo
El Castillo —¿Te gusta este lugar? —preguntó K, y señaló a los campesinos, que aún no habÃan perdido el interés por él, y que miraban con sus rostros atormentados —el cráneo parecÃa como si hubiese sido aplanado desde arriba y los rasgos faciales se hubiesen formado por el dolor al ser golpeados—, sus labios gruesos, sus bocas abiertas, pero al mismo tiempo tampoco miraban, pues a veces su mirada erraba y permanecÃa fija en algún objeto antes de regresar; luego K señaló a los ayudantes, que se mantenÃan abrazados, mejilla con mejilla, y sonreÃan, no se sabÃa si humilde o burlonamente, se los señaló como si le presentase un séquito que le habÃan impuesto por circunstancias especiales, esperando —en ello residÃa la confianza y a eso era a lo que K daba importancia— que Barnabás distinguiera razonablemente entre él y ellos. Pero Barnabás —si bien con completa inocencia, como se podÃa reconocer— no admitió la pregunta, la dejó pasar como un criado bien educado deja pasar las palabras sólo en apariencia dirigidas a él por su señor, y se limitó a mirar a su alrededor en el sentido de la pregunta, saludando a sus conocidos entre los campesinos e intercambiando algunas palabras con los ayudantes, todo eso libre y espontáneamente, sin mezclarse con ellos. K, desairado, pero no avergonzado, volvió a la carta que tenÃa en la mano y la abrió. DecÃa lo siguiente: