El Castillo
El Castillo Detrás de él los campesinos se habÃan aproximado mucho a su persona. Los ayudantes intentaban detenerlos lanzándole a él miradas de soslayo. Pero sólo parecÃa ser una comedia; además, los campesinos, satisfechos con el resultado de la conversación, comenzaban a ceder lentamente. Entonces el grupo fue dividido desde atrás por un hombre con paso rápido que se inclinó ante K y le dio una carta. K mantuvo la carta en la mano y miró al hombre, ya que en ese instante le parecÃa más importante que la carta. Se daba una gran similitud entre él y los ayudantes, era tan delgado como ellos, con el mismo traje ceñido, también tan ágil y ligero como ellos y, sin embargo, tan diferente. ¡Ojalá K le hubiese tenido como ayudante! Le recordaba un poco a la dama con el lactante que habÃa visto en la casa del maestro curtidor. VestÃa casi por entero de blanco, el traje no era de seda, era un traje de invierno como cualquier otro, pero tenÃa la suavidad y solemnidad de un traje de seda. Su rostro era claro y sincero, los ojos demasiado grandes. Su sonrisa era enormemente estimulante; se pasó la mano por el rostro como si quisiese ahuyentar esa sonrisa, pero no lo logró.
—¿Quién eres? —preguntó K.
—Me llamo Barnabás4 —dijo—, soy un mensajero.
Sus labios se abrÃan y cerraban al hablar con masculinidad y, sin embargo, con suavidad.