El Castillo

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—¡Espera! —le dijo K a Barnabás, quien obedeció con una ligera inclinación. A continuación, K llamó al posadero para que le mostrase su habitación, ya que deseaba permanecer un tiempo a solas con la carta. Al hacerlo recordó que Barnabás, a pesar de la simpatía que sentía hacia él, no era más que un mensajero y pidió que le sirvieran una cerveza. Prestó atención a la forma en que la aceptó, aparentemente la aceptó encantado y se la bebió en seguida. En la casa sólo habían podido poner a disposición de K una habitación en el ático, e incluso eso había creado dificultades, pues había dos criadas que habían dormido hasta entonces en ella y que habían tenido que ser alojadas en otro lugar. En realidad no se había hecho otra cosa que sacar a las criadas, en lo restante la habitación había quedado intacta, nada de sábanas nuevas en la única cama, sólo un par de almohadas y una manta de caballerizas en el mismo estado en que habían quedado después de la última noche; en la pared había algunas imágenes de santos y fotografías de soldados; ni siquiera habían aireado la habitación, al parecer no se esperaba que el huésped permaneciese allí mucho tiempo y tampoco se hacía nada para retenerlo. K, sin embargo, se mostró conforme con todo, se rodeó con la manta, se sentó a la mesa y comenzó a leer de nuevo la carta a la luz de una vela.



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