El Castillo

El Castillo

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No era una carta uniforme, había pasajes en los que se hablaba con él como si fuese una persona independiente, a quien se le reconoce una voluntad propia, así era el encabezamiento, al igual que el pasaje que se refería a sus deseos. Sin embargo, había otros pasajes en que era tratado abierta o encubiertamente como un trabajador inferior apenas digno de la atención de ese director; éste parecía tener que esforzarse para no «perderle de vista», su superior sólo era el alcalde del pueblo, a quien incluso tenía que rendir cuentas, era probable que su único colega fuese el policía del pueblo. Ésas eran sin duda contradicciones, tan visibles que debían de ser intencionadas. Pues el pensamiento absurdo, referido a una administración como ésa, de que había actuado con indecisión, ni siquiera fue tomado en cuenta por K. Más bien advertía en ello el ofrecimiento de una elección, se dejaba a su consideración lo que quería hacer con las instrucciones de la carta: si quería ser un trabajador del pueblo con una conexión, así y todo, distinguida, pero aparente con el castillo, o un trabajador del pueblo aparente que en realidad hacía depender toda su relación laboral de las indicaciones de Barnabás. K no dudó al elegir, tampoco habría dudado sin las experiencias que ya había tenido. Sólo como trabajador del pueblo, lo más alejado posible del señor del castillo, estaba en condiciones de alcanzar algo en el castillo; esa gente del pueblo, que aún se mostraba tan recelosa frente a él, comenzaría a hablar cuando él, aunque no se hubiese convertido en su amigo, sí fuese un conciudadano, y una vez que ya no se diferenciase de un Gerstäcker o Lasemann —y esto tenía que ocurrir con gran rapidez, de ello dependía todo—, entonces se le abrirían de golpe todos los caminos que, si hubiese dependido de los señores de arriba y de su indulgencia, no sólo habrían quedado cerrados para él, sino invisibles. Es cierto que había un peligro y se había acentuado suficientemente en la carta, se había descrito con cierta alegría, como si fuese inevitable. Era la condición de trabajador. Servicio, director, superior, trabajo, condiciones salariales, dar cuenta, trabajador, la carta abundaba en todos estos términos laborales e incluso cuando se decía algo diferente, más personal, se decía desde esa perspectiva. Si K quería convertirse en un trabajador, podía hacerlo, pero entonces con terrible seriedad, sin ninguna otra intención. K sabía que no le habían amenazado con una obligación real, no la temía y aquí menos, pero sí que temía la violencia del ambiente desalentador, la habituación a las decepciones, la violencia de las influencias imperceptibles que se producirían a cada momento, pero tenía que atreverse a enfrentarse con ese peligro. La carta tampoco silenciaba que, si se llegaba a la lucha, K sería quien habría tenido la osadía de comenzarla, se había dicho con sutileza y sólo una conciencia inquieta —inquieta, no mala— podía advertirlo, eran las palabras «como usted ya sabe» respecto a su admisión en el servicio. K se había anunciado y desde ese momento sabía, como se expresaba en la carta, que había sido admitido.


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