El Castillo
El Castillo K retiró una foto de la pared y colgó la carta en un clavo; en esa habitación viviría, ahí debía colgar la carta.
Luego bajó a la taberna de la posada; Barnabás estaba sentado con los ayudantes a una mesita.
—¡Ah!, estás ahí —dijo K sin motivo, sólo porque se alegró de ver a Barnabás. Éste se levantó de inmediato. Apenas entró K, los campesinos se levantaron para acercarse a él, se había convertido en una costumbre estar siempre detrás de sus talones.
—¿Qué queréis continuamente de mí? —exclamó K.
No se lo tomaron a mal y regresaron lentamente a sus asientos. Uno de ellos, mientras se retiraba, dijo como explicación y con una indefinible sonrisa, que otros imitaron:
—Siempre se entera uno de algo nuevo —y se lamió los labios como si lo «nuevo» fuese comida.