El Castillo

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K no dijo nada reconciliador, estaba bien si recibía algo de respeto, pero apenas acababa de sentarse al lado de Barnabás, cuando ya notó el aliento de un campesino en la nuca; venía, según dijo, a coger el salero, pero K dio, enojado, una patada en el suelo, y el campesino se alejó corriendo sin el salero. Era fácil molestar a K, sólo había que incitar a los campesinos contra él: su obstinada participación le parecía más perversa que la reserva de los otros y, además, también se trataba de reserva, pues si K se hubiese sentado a su mesa, con toda seguridad no se habrían quedado sentados. Sólo la presencia de Barnabás le impidió formar un escándalo. Pero se dio la vuelta hacia ellos con actitud amenazadora, y también ellos le miraron. Al verlos así sentados, cada uno en su puesto, sin hablar entre ellos, sin un vínculo visible entre ellos, teniendo sólo en común que todos le miraban fijamente, le pareció que no se trataba de maldad lo que les impulsaba a perseguirle, tal vez querían realmente algo de él y no lo podían decir, y si no era eso, quizá se tratase sólo de infantilismo; un infantilismo que parecía abundar en esa casa, ¿acaso no era también infantil el posadero, que sostenía una jarra de cerveza para un cliente con las dos manos, permaneciendo en silencio, mirando a K y haciendo caso omiso de una llamada de la posadera, quien se había asomado por la ventana de la cocina?


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