El Castillo
El Castillo K, más tranquilo, se volvió hacia Barnabás: le hubiese gustado alejar a los ayudantes, pero no encontró ninguna excusa, por lo demás, se limitaban a mirar en silencio sus cervezas.
—He leÃdo la carta —comenzó K—. ¿Conoces su contenido?
—No —dijo Barnabás. Su mirada pareció decir más que sus palabras. Tal vez K se equivocaba para bien como con los campesinos para mal, pero siguió sintiéndose bien en su presencia.
—También se habla de ti en la carta, de vez en cuando tienes que transmitir informaciones entre la dirección y yo, por eso habÃa pensado que conocerÃas el contenido.
—Sólo recibà el encargo —dijo Barnabás— de entregar la carta, esperar a que se haya leÃdo y, si lo considerases necesario, llevar una respuesta oral o escrita.
—Bien —dijo K—, no necesita ser escrita, comunÃcale al señor director, ¿cómo se llama? No pude leer el nombre.
—Klamm5 —dijo Barnabás.