El Castillo

El Castillo

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—¿Solicitar ahora, a medianoche, una autorización del conde? —exclamó el joven, retrocediendo un paso.

—¿No es posible? —preguntó K con indiferencia—, entonces ¿por qué me ha despertado?

Pero el joven entró en cólera.

—¡Maneras de vagabundo! —exclamó—. ¡Exijo respeto para la autoridad condal! Precisamente le he despertado para comunicarle que debe abandonar en seguida el condado.

—Basta de comedias —dijo K con un tono llamativamente bajo, volvió a echarse y se cubrió con la manta—. Joven, ha llegado demasiado lejos y mañana volveré a ocuparme de su conducta. El posadero y estos señores serán testigos, en el caso de que necesite testigos. Por ahora conténtese con saber que soy el agrimensor3 solicitado por el conde. Mis ayudantes vendrán mañana en coche con los aparatos. No quise perderme un paseo por la nieve, pero por desgracia me he desviado algunas veces del camino y por eso he llegado tan tarde. Que era muy tarde para presentarme en el castillo es algo que ya sabía yo mismo ates de su lección. Por esta razón me he conformado con este albergue nocturno que usted, dicho con indulgencia, ha tenido la descortesía de perturbar. Con esto he concluido mis explicaciones. Buenas noches, señores.

Y K se volvió hacia la estufa.


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