El Castillo

El Castillo

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—Klamm —dijo el posadero de pasada, mientras se volvía hacia su esposa que apareció en ese momento con un vestido extrañamente envejecido y usado, lleno de arrugas y pliegues, pero de un estilo fino, de la ciudad. Quería llevarse al posadero, pues el señor director deseaba algo. Pero antes de irse, el posadero se volvió hacia K, como si no fuese él sino K quien tuviese que decidir sobre la posibilidad de pernoctar allí. K, sin embargo, no pudo decir nada; precisamente la circunstancia de que se hallase allí su superior lo había desconcertado; sin poder aclarárselo a él mismo, no se sentía tan libre ante Klamm como frente al castillo; ser descubierto por él no habría supuesto un susto en el sentido del posadero, pero sí una situación desagradable, algo así como si le ocasionase algún dolor a alguien a quien le debía agradecimiento; al mismo tiempo le oprimió severamente advertir que en esa irresolución se mostraban las temidas consecuencias de ser un subordinado, un trabajador, y que no era capaz, ni siquiera allí, donde surgían, de luchar con ellas hasta eliminarlas. Permaneció de pie, se mordió los labios y no dijo nada. Una vez más, antes de que el posadero desapareciese por una puerta, éste le miró y K le devolvió la mirada, pero no se movió de su sitio hasta que Olga vino y se lo llevó.

—¿Qué querías del posadero? —preguntó Olga.

—Quería pasar aquí la noche —dijo K.


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