El Castillo

El Castillo

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—Frieda —dijo K con un susurro—, ¿conoce bien al señor Klamm?

—Ah, sí, muy bien —dijo.

Se inclinó hacia K y arregló con actitud juguetona su blusa color crema que, como ahora comprobaba K, era ligeramente escotada y colgaba de su pobre cuerpo como algo ajeno. Entonces ella dijo:

—¿No se acuerda de la risa de Olga?

—Sí, la muy malcriada —dijo K.

—Bien —dijo ella reconciliadora—, había motivos para reírse, usted preguntó si yo conocía a Klamm, y soy… —aquí se enderezó involuntariamente y volvió a dirigir su mirada victoriosa hacia K, aunque no guardase ninguna relación con lo que se estaba hablando—, soy su amante.

—La amante de Klamm —dijo K.

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces usted es para mí —dijo K sonriendo para que no hubiese demasiada seriedad entre ellos— una persona muy respetable.

—No sólo para usted —dijo Frieda amigablemente, pero sin imitar su sonrisa.

K tenía un remedio contra su altanería y lo empleó, al preguntarle:

—¿Ha estado alguna vez en el castillo?

Pero no resultó, porque ella respondió:


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