El Castillo
El Castillo —No, pero ¿acaso no es suficiente con estar aquà en el despacho de bebidas?
Era evidente que su orgullo se habÃa desbordado y precisamente querÃa cebarse en K.
—Cierto —dijo K—, aquÃ, en la taberna, usted desempeña las funciones del posadero.
—Asà es —dijo ella—, y comencé como criada en la posada del puente.
—Con esas manos tan suaves —dijo K con un tono medio interrogativo y no supo si se limitaba a lisonjear o realmente habÃa sido obligado por ella a hacerlo. Sus manos, sin embargo, eran realmente pequeñas y suaves, aunque también podrÃa haberse dicho que eran delgadas e indiferentes.
—Nadie se ha fijado nunca en ellas —dijo ella—, ni siquiera ahora…
K la miró con actitud interrogadora, ella sacudió la cabeza y no quiso seguir hablando.
—Usted tiene, naturalmente —dijo K—, sus secretos y no hablará de ellos con alguien a quien sólo conoce desde hace una hora y que aún no ha tenido la oportunidad de contarle cuál es su situación.