El Castillo
El Castillo —Los criados de Klamm —dijo Frieda—; una y otra vez los trae consigo y su presencia me trastorna. Apenas sé de qué he hablado hoy con usted, señor agrimensor, si fue de algo malo, perdóneme, la presencia de esa gente es la culpable: es lo más despreciable y repugnante que conozco y a ellos les tengo que servir cerveza. Cuántas veces le he tenido que pedir a Klamm que los envÃe a casa; si tengo que soportar a los criados de otros señores, al menos podrÃa tener consideración conmigo, pero todo ha sido en vano, una hora antes de su llegada se abalanzan como el ganado en el establo. Pero ahora deben irse realmente al establo, que es el sitio al que pertenecen. Si usted no estuviese aquÃ, abrirÃa violentamente la puerta y el mismo Klamm tendrÃa que sacarlos de esta habitación.
—Pero, ¿no los oye? —preguntó K.
—No —dijo Frieda—, duerme.
—¿Cómo? —exclamó K—. ¿Duerme? Cuando miré en la habitación aún estaba despierto y sentado a la mesa.